Escritora invitada: Alena
Va:
"Recuerdo Estratégico" Parte 1
Explícate de una vez
Es que siento como si ya antes me hubiera visto esa mirada de compasión. Con ese dejo de “te perdono”. Acaso se está burlando de mí? Cree que no soy capas de defenderme? Que no dispararé a su frente al mínimo descuido? Si realmente piensa eso, es más estúpido de lo que aparenta… y débil... qué débil e iluso... No pareciera el líder nato y decidido del que me alertaron. No se ve tan temible como lo consideran los demás bandos... Está bien que son insignificantes y llenos de terror por sus ineficacias, pero éste sujeto? Éste es la espina en el talón de todos? No es posible...
Ayer era pero hoy soy
Había nacido en una época poco conveniente para existir, era una época sin duda oscura, sangrienta y brutal. Sin embargo no todo fue sangre al comienzo, no, las cosas comenzaron a empeorar cuando la escasez se hizo notoria para todos y la lucha por los recursos transformo el alma de los hombres hasta convertirlos en coyotes sanguinarios devoradores de su propia raza.
Cuando se cuenta una historia el lector y el escritor hacen un pacto sagrado en que el escritor relatará una historia que sea de cierta forma creíble y el lector la creerá para poder disfrutar de esta.
Espero creas esta historia, es real para mi y quienes la vivimos también, es real porque quien te la cuenta existe o existió en algún punto del mundo en algún momento del tiempo…es real porque estuve ahí, porque vi como se desencadenó todo y forme parte de la luz cuando todo fue sombras...
Fui nombrado Capitán por aquellos que creía que era adecuado para este puesto, Capitán Ikki Filips Kuran.
No soy de los que se sientan a ver como sus tropas mueren en el campo, soy de los que creen que si no es mueve el rey cómo han de moverse también las demás piezas del tablero. Estuve boca abajo tras una trinchera junto a los que consideraba amigos, camaradas y hermanos. Los vi morir, rezar por sus vidas, temblar ante el sonido de los disparos y sacar coraje de la nada para contraatacar al enemigo que nos superaba en número y estrategia.
Conocí el lado más horrible de lo que llaman “humanos”, los vi traicionarse una y otra vez, pero mi escuadrón y yo seguíamos con vida, como esa planta que no se resigna a morir, como esa planta que lucha desenfrenadamente por el sol y el agua, como esa planta que se levanta, sublime entre las demás y sobrevive.
Insignificantes en el mundo
Mis padres decidieron que era momento de traer a alguien al mundo. Querían un varón. Lo sé porque los escuché mil veces decirlo cuando mi madre lloraba en la habitación a su padre. Recordaba que quería que yo me llamara como él. Pero casi nunca suceden las cosas como se planean, siempre existe una variante. Esa variante en la vida de mi familia fui yo: Alena Nomel. Hija única, tal vez por la falta de pasión en la relación de pareja de mis padres; o tal vez por la decepción que signifiqué al llegar al mundo, volviéndome la frustración de ambos y evitando un segundo intento; o tal vez sea porque la pena que aqueja a mi madre vaya más allá de lo que conozco o sé. Porque es distinto el conocimiento de la sabiduría. Eso me lo enseñó la persona que tal vez más quiero en el mundo. O quise.
Ese día no lo olvidaré. Siempre me pregunté que tuvo de especial y porqué no puedo olvidarlo. No soy muy afecta a los recuerdos, pero ese día en particular fue inolvidable.
Estaba sentada en el claro al que sólo dos personas sabían llegar. Al menos eso es lo que siempre creímos, ya que nunca más vimos a nadie ahí que no fuéramos nosotros dos, pero bueno, estaba esperándolo cuando algo llamó mi atención. El cielo parecía que me daba indicios de que no permanecería mucho tiempo en ese protervo lugar.
Por “ese protervo lugar” no me refiero al claro, oh no. Ese pequeño agujero insignificante en el mundo era en una de esas el sitio que más apreciaba en el mundo. Aunque como era costumbre de él, cuando yo daba estos enunciados, me decía cosas que, reconozco, me irritaban un poco: “el mundo es demasiado grande para que sentencies a este sitio”.
Es verdad que me irritaba a veces. Y es que sabía hacerlo. Muchas veces pensamos lo mismo y no había razón para intentar explicarlo, aunque muchas otras estábamos en desacuerdo, lo que nos llevaba a discusiones que si no fuera por mi capacidad de mirar a otro lado, no terminarían jamás. Él amaba discutir, y aunque yo siempre lo supe, me hacía caer en su juego una y otra vez. Siempre me llamó la atención que “disfrutara”, según él, discutir conmigo. Yo más bien entendía que le gustaba agarrar a patadas mis teorías.
No sé si tengo ganas de recordarlo, pero no puedo evitarlo. En el fondo y pero no tan profundo le tenía aprecio... De verdad se lo tenía...
Muchas veces, mientras miraba mi plato lleno de comida que no tocaría, pensaba en si debía demostrarle algo más de cariño. Él lo hacía conmigo, desde el comienzo. Desde que llegué a ese pueblo, en donde si sucedía algo, lo más seguro es que no cautivara mi atención y no me llevaba bien con mucha gente, o más bien, sólo eran para mí, otros fideos en el plato. Pero creo que no me fui antes porque él me retenía. No quiero decir que lo hiciera de mala manera y es que posiblemente tampoco quería dejarlo.
Después de todo, hablar con él resultaba fácil, aunque no puedo decir lo mismo de entenderlo. Eran cosas distintas. Pero cómo me intrigaba su, llamémosle “habilidad” para interpretar lo que yo quería decir. A pesar de que la gran mayoría de las veces intentara molestarme con sus “da igual”, yo sé que nunca dejaba lo que yo le expresaba como una cosa más. Eso lo sé.
Ellos éramos nosotros
Mi niñez se inclina a mi lado. Demasiado lejos para que yo apoye una mano en ella por una vez ligeramente James Joyce creía eso y de cierta forma, lo creo también…mi niñez estaba demasiado lejos en este momento, pero aún podía recordarla.
Crecí en un sitio tranquilo, alejado de todo, pero sumido en una nada tan perfecta que en medio de esta podrías encontrar lo que te hiciese falta.
Sólo fui criado por mi madre, padre no tenía... él había muerto en una guerra tan vieja que contarla sería desenterrar un recuerdo por una razón inútil.
No fui de los niños que se sentía mal por la ausencia de un padre, me habían enseñado que de nada sirve extrañar o añorar aquello que se ha ido y no volverá jamás.
Mi niñez no fue una tormenta oscura, al contrario... considero fue, mi mejor época.
Tenía suerte del amor incondicional de mi madre, conocía a alguien que no corría con la misma suerte... tal vez por eso me importaba tanto…porque añoraba que sonriera aunque fuese sólo una vez... sólo una.
-¡Alena!-solía verla en el mismo lugar todo el tiempo, aún cuando crecimos ella seguía ahí, hasta que un día... ya no estuvo más.
Era un claro, no, mejor dicho... es un claro porque aún existe, esta en medio de un bosque muy tupido y húmedo, el suelo cruje por la gran cantidad de hojas que caen en otoño, sólo en este punto del bosque hay pasto verde intenso, hay flores en algunos sitios... y llega el sol... sólo aquí se ve el cielo por eso siempre esta aquí, sentada sobre el suelo o sobre una rama, mirando con sus castaños ojos las nubes correr...
-Oh, Ikki... eres tú...
-¿Y quién más? Si sólo nosotros sabemos llegar aquí...-camino un poco más para sentarme sobre el suelo junto al árbol.
-Si, supongo que tienes razón...
-No supongas, la tengo...-sonrío ligeramente, una sonrisa débil casi invisible, pero existente-deberías bajar de ahí, podrías caer...
-Los gatos siempre caemos de pie...-bajó de un salto y se quedo de pie a mi lado aún con los ojos en el cielo.
-¿Qué ves?
Cuando le pregunté por qué no iba sólo me miro con una leve sonrisa y dijo “me aburro”.
Sus padres eran gente difícil de tratar, tal vez por ello el carácter de Alena era así... retraída, silenciosa, fría algunas veces, distante... otras veces era muy temerosa de todo y luego era osada para todo.
Solíamos hablar de cosas que más tarde te das vuelta cuando te vas a dormir y otras veces, como hoy, solía estar callada y luego se iba.